Lyman Whitaker

Sopla una leve, imperceptible brisa y las piezas de Whitaker se ponen en marcha. Una coreografía de formas diversas y líneas muy netas obran efectos hipnóticos en quien las mira fijo. Las partes que las componen se mueven según sople el viento, cambian de dirección, parecen replegarse sobre sí mismas y se agrandan como si fueran el mecanismo de un caleidoscopio liberado; giran y giran alrededor del eje que las sostiene y así van modelando las corrientes de aire. Dispuestas a la intemperie, solas o en grupos, las esculturas se antojan recreaciones del espiral del adn, y si le cae nieve encima, se vuelven espesos velos de metal organizados.

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